No había día que no pensara en él. Y dolía. Y agobiaba.
No había rincón de mi mente que no le hubiese arrancado la ropa ya.
En segundos le empujaba hacia la cama y lo tumbaba,
con una mano me dedicaba a descubrir su piel desabrochando cada botón de su camisa,
con la otra le acariciaba la entrepierna, y así.
Y cada suspiro que salía de su boca,
cada entrecejo fruncido de placer,
cada mirada drogada,
cada recuerdo,
era otro cuchillo hundiéndose más en mi espalda,
era otro nudo en la garganta,
otras dosis de ganas de él -insatisfechas-.
Era adicción.
Eran mis antojos de ti, denegados.
Eran mis ganas de adorarte y de follarte,
mis ganas de hacerte reír y oír
otro "me encantas, tía" saliendo de esa boca
que sabía crear y destruir ilusiones
en cuestión de horas de sexo, pasión y arrogancia entremezclados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario