El ir y venir de tu ser en mi vida me producía una sensación tan desesperante como la de tener un agujero en el corazón, un agujero imposible de llenar a pesar de mis fallidos intentos por olvidarte durante largas noches con mi fiel amigo el gin-tonic. Esa sensación asfixiante parecía no querer despegarse de mi, y cuando dejaba de ahogar tan fuerte, creía verte entre la gente, creía oler tu perfume por las calles y creía abrazarte en sueños.
Por un instante pensé que me estaba volviendo loco, quizás padeciese algún trastorno o estaba desarrollando alguna enfermedad mental que me causaba esta sensación de vivir sin ningún sentido, como un fantasma que vaga sin rumbo y sin destino por un mundo al que no pertenece. Pero para mi desgracia no era locura lo que a mi me mataba, no era algo irreal que mi mente enferma había creado, era algo muy real, era yo echándote de menos llorando bajo aquellas sábanas a las que confesamos tantos secretos por las noches, era yo sin hambre, sin alegría, sin ambiciones. Era yo vacío. Un hombre con el alma rota al que se le había olvidado cómo sonreír, y no solo porque te habías escapado de mi vida sin avisar, sin darme tiempo a asimilarlo, sino que te habías escapado de la vida en general, y eso destrozaba aún más la mía. Sólo te guardo en mis crueles recuerdos. Es algo difícil de entender para quien no sabe de lo que hablo. Mi querida Lana, mi preciosa rebelde, quien me ha enseñado tanto... te escribo porque si no lo hiciera me volvería aún más loco y acabaría pegándome un tiro en la sien. Te quiero, te quiero,
te quiero.
te quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario