Le echaba de menos. Aquellos tres meses sin él comenzaban a pasarle factura: ya se había acostumbrado a la angustia y a la soledad y se dejaba los restos del sueldo en tabaco. Estaba convencida de que había entrado en la fase autodestructiva tras el desamor: el aislamiento, la negación y la desesperación. Ya se había acostumbrado a no tener a quien abrazar al despertar y a no tener a quien follarse antes de dormir aunque eso le seguía provocando un inmenso dolor en el pecho, así que cada noche, como si se tratase de una oración, le lloraba. Una de esas tristes noches salió al balcón, se encendió un cigarrillo y se apoyó en la baranda. Dios, le echaba tanto de menos... así que echó uso de su memoria, recordó su primera vez juntos, tras una discusión que acabó en una mutua confesión de amor, una noche lluviosa en el portal de él; el apasionado beso no tardó en llegar, de esos besos que te cortan la respiración y provocan suspiros de felicidad. Una mirada, otro beso y un fugaz trayecto en su ascensor, con sus dedos bajo su falda, acariciando sus muslos hasta llegar a su punto de unión. 4ºA, tirados en su cama y las lágrimas de ella contenidas por la pasión, él ya la había desnudado casi por completo y ella le seguía besando mientras le desabrochaba la camisa y recorría con sus dedos el pecho del hombre del que estaba enamorada. Ya desnudos, su boca comenzó a descender al su cuello, de éste a sus pechos, mientras la llevaba al cielo con sus dedos entre sus piernas, haciendo que su respiración se entrecortara y arqueara su espalda mientras él la sujetaba con firmeza. Quería darle todo el placer que merecía, y ella lo sabía. El baile de dedos cesó y los roles cambiaron, él estaba sentado en la cama y ella sobre él. La sensación que tenía en el momento es que en cualquier instante podría arder en llamas, y mientras se besaba, se miraban y se volvían a besar, comenzaron a hacer el amor, y apoyada en la baranda consumiendo su cigarrillo, las lágrimas no tardaron en llegar para cuando él la agarraba del pelo y la pegaba a él mientras ahogaba su orgasmo con un beso.
El cigarrillo ya se había consumido hace un rato y las lágrimas acariciaban sus tristes labios. No iba a volver, lo sabía y eso la mataba. Ya no tenía corazón, solo un enorme hueco dentro de su pecho, un terrible vacío que solo podía compensar llorando y recordándole. Apagó el fugaz consumido cigarro, no más muerto que ella por él.

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