sábado, 18 de mayo de 2013

Lo mundano está infravalorado.

Nos hablan de un Cielo prometido en algún lugar de la Perfección más allá de la realidad, donde se nos asegura la felicidad y la vida eterna.
Pero el único cielo que yo conocía eran sus ojos, el cielo estaba entre sus brazos al abrazarme y esperaba a estallar desde su boca. No me hacía falta morir para llegar a ver un atisbo de perfección y eternidad en aquella mirada, no tenía que confesarme ni arrepentirme para que él me paralizara. Él era mi Cielo y yo lo observaba asombrada con el corazón a punto de explotar. El cielo eran aquellas noches calurosas de verano llenas de sus besos en el mar, sus caricias y su forma de hablar. Y no quería perder eso. No quería que acabara nunca, no quería que esos ojos se cerraran para siempre. Así que me tragué el orgullo:

Dear Lord, when I get to Heaven
Please, let me bring my man.
When he comes tell me that you'll let him,
Father, tell me if you can.

Oh that grace!
Oh that body!
Oh that face, makes me wanna party!
He's my sun, he makes me shine like diamonds.



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